LOS GAYS Y LAS LESBIANAS EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

 

 

Arratsaldeon guztioi. Pozten nau berriro Gazteizen egoteak. Lehenengoz, eskertu nahi nuke Halabedi irratiari, Kea-ri eta batez ere gure laguna Sejori bere gonbidaketagatik.

 

Me han pedido que venga a hablar de los gays y las lesbianas en los medios de comunicación. Para comenzar, hay que justificar por qué tendría sentido una conferencia con esta temática, me gustaría explicar por qué todavía es necesario analizar los medios de comunicación en relación con una opción sexual.

 

Parto de un principio que, aunque para mí es básico, los propios medios de comunicación suelen negar, y es que la información nunca es objetiva. Desde el momento en que utilizamos el lenguaje, seleccionamos palabras, noticias, formas de expresarnos, secciones, estamos utilizando criterios subjetivos, con presupuestos, con ideología. Lo mejor que podemos hacer es poner esto encima de la mesa, e incluso poner nuestra propia posición también. En este sentido lo primero que hay que decir es que los medios de comunicación no son meros “transmisores de información”, no se dedican sólo a “contar la realidad, informar”. Esto lo saben muy bien los que viven en el País Vasco. Lo que más me interesa hoy es señalar el papel productor de los medios de comunicación. Estos medios no “informan”, o si lo hacen es en el sentido de “dar forma”, de formar. Los medios crean imágenes, ideas, opiniones, categorías, tienen una influencia enorme en la sociedad, configuran a la propia sociedad. Y lo hacen desde un punto de vista.

 

En este marco es donde cobra sentido un análisis sobre los medios de comunicación en relación a los gays y las lesbianas. Lo primero que nos llama la atención al ver la televisión, escuchar la radio o leer la prensa es que el punto de vista es siempre heterosexual. Esto es importante porque es lo más difícil de percibir, es un punto de vista tan arraigado y tan generalizado que sencillamente no se ve. Pongo un ejemplo: el asesinato de Matthew Shepard. Por si no lo recuerdan, se trata de un gay estadounidense que murió a manos de tres jóvenes el año pasado en Estados Unidos. En toda la prensa mundial el caso se presento de la siguiente manera: “un joven es asesinado por ser homosexual”. Aparentemente es un titular neutro, o bastante respetable o nada ofensivo. Pero si se analiza desde una perspectiva no heterosexual, vemos que hay un alarmante error de perspectiva: la culpa está en cierto modo del lado del asesinado, hay algo en él que tiene que ver con ser asesinado, es homosexual, y eso parece la causa del asesinato. Lo voy a plantear más claramente: un periodismo no heterosexista podría haberlo formulado así: “tres jóvenes heterosexuales homófobos asesinan a un joven”. Este titular desvelaría mejor la verdad: que la culpa del asesinato la tienen tres personas homófobas, y un régimen de socialización y de educación –el estadounidense- que incita al odio y al crimen de las personas con sexualidades diferentes a la heterosexual.

 

Volviendo al hilo inicial, creo que es importante desvelar que los medios de comunicación tienen un punto de vista heterosexual, y que eso tiene efectos en la imagen que se hace la sociedad de gays y lesbianas. Hay otra cosa que quizá parece obvia pero que conviene decir: partimos de un marco social donde existe homofobia, donde la integridad de gays y lesbianas se ve amenazada a menudo, donde se vive con miedo. A partir de esto, podemos ver la responsabilidad que tienen los medios de comunicación en la consolidación de la homofobia o en lo contrario, y también podemos ver qué tipo de representación ofrecen de los gays y lesbianas, porque van a ser esas representaciones las que van a influir en nuestras vidas. Insisto en la palabra “representación” por algo: la mayoría de la sociedad no ha tratado nunca con un gay o una lesbiana, quiero decir sabiendo que lo son, de manera que el único acceso o el único conocimiento que tienen se basa en las imágenes, en lo que han oído o leído o visto sobre gays y lesbianas. En esto el régimen del armario es fundamental: en una sociedad que amenaza las orientaciones no heterosexuales con el odio y la agresión, la mayoría de los gays y lesbianas se esconden, no muestran con naturalidad sus deseos ni sus afectos, como hacen continuamente los heterosexuales. El lugar vacío dejado por los gays y lesbianas que están en el armario –la inmensa mayoría- es ocupado por una REPRESENTACIÓN, por noticias, fotos, textos que hablan sobre nosotros, pero sin que nosotros tomemos la palabra.

 

Un ejemplo: en la última manifestación del orgullo gay hubo en Madrid cerca de 100.000 personas. Como se puede imaginar, había de todo, señores con el perro, jóvenes, chicas, barbudos, delgadas, de todo. Pues bien, los medios de comunicación sacaron sistemáticamente las imágenes más pintorescas o estrafalarias, del tipo “chico disfrazado de mujer y con boas de pluma”, que es algo muy legítimo, pero que no representaba para nada la diversidad de los asistentes al acto ni su carácter reivindicativo y colectivo. Lo más importante de este ejemplo es que ya hay una construcción mediática desde hace mucho tiempo de que los gays somos una especie de marciano al que solo le interesa vestirse de mujer y pegar gritos, y esa es finalmente la única imagen que tiene la sociedad. No estoy proponiendo convertirnos en gays respetables y normalizados para no dar la nota y ser aceptados. El uso de la pluma es algo sobre lo que tenemos que decidir nosotros, no los medios de comunicación con una intención manipuladora.

 

También es significativo dónde se colocan ese tipo de noticias sobre gays y lesbianas. Aparte del hecho de que rara vez alcanzan la portada de un periódico, actos reivindicativos de carácter claramente político se ubican sistemáticamente en el apartado de “sociedad” si tienen como protagonistas a gays o lesbianas. La noticia sobre la votación que hubo en octubre de este año en el Congreso sobre la aprobación del proyecto de Ley de parejas de hecho apareció una vez más en “sociedad”, aunque cosa más política que una votación en el Parlamento no puede haber. Esto da muestra del poco interés que tienen para los medios la realidad de gays y lesbianas. Poco interés como objeto de noticia, pero también como sujeto implicado y que tiene mucho que decir. El día de esa votación nos manifestamos en la puerta del Congreso varias docenas de gays y lesbianas para presionar al PP, que iba a votar en contra de la ley de parejas. Pues bien, las televisiones, que acudieron a cubrir la noticia, dieron en sus noticiarios mucho más tiempo para explicarse al portavoz de la Conferencia Episcopal que a los portavoces de los colectivos gays allí reunidos. Esta es otra de las grandes sorpresas de los medios de comunicación: ¿qué tiene que opinar en un Estado laico una secta como la iglesia católica? Nada. Es como si preguntaran al portavoz del Sindicato de Fontaneros su opinión sobre la ley de parejas. Y en España cada vez que hay una reivindicación de gays y lesbianas los medios dan cancha a esta institución, que no pinta nada en el asunto, y que además es profundamente homófoba. Con esto se consolida entre la audiencia la creencia de que los curas tienen legitimidad para hablar sobre nosotros, y ese es un grave error.

 

El tipo de personas a las que se invita en los programas de televisión sobre gays y lesbianas dice mucho del pasado y del presente de la homofobia. No voy a extenderme sobre la tradición médico-psiquiátrica y sus prácticas terroristas contra gays y lesbianas, creo que casi todos conocen su función histórica en la consideración de la homosexualidad como enfermedad, y el daño que eso ha hecho. Lo mismo ocurre con la iglesia católica, que se ha encargado de llevar a la hoguera a miles de gays y lesbianas en su historia y que actualmente sigue promoviendo el odio hacia nosotros. Pues bien, precisamente en las tertulias de las televisiones siempre nos encontramos a un cura, a un psicólogo y a un médico cuando se trata de hablar sobre gays y lesbianas. Para el pobre gay que suelen invitar aquello debe de ser como ir al Tribunal de la Inquisición. Lo importante de este planteamiento es que la televisión, un medio poderosísimo de creación de opinión, está así legitimando la pertinencia de esos enfoques: el gay como pecador, como enfermo mental, como ser anormal y desviado. Lo peor no son las barbaridades que dicen, sino el hecho de invitarles. Esto, que con otros colectivos se consideraría casi un delito de apología del racismo, se consiente y promueve tranquilamente en los medios españoles. Lo mismo ocurre con los chistes de mariquitas, que amenizan frecuentemente los programas de radio y televisión burlándose e insultando a los maricas con total impunidad. Me gustaría ver lo que duraría en antena uno de esos tertulianos si hiciera chistes antisemitas o racistas con la misma alegría. Sus propios compañeros le llamarían la atención, ¿por qué no ocurre esto con los chistes homófobos?

 

En el fondo estoy hablando de relaciones de poder. De quién tiene el poder de crear una imagen de los gays y las lesbianas (y sólo una), el poder de hablar sobre nosotros, y el poder de darnos o quitarnos la palabra. La cuestión no es que “nos dejen hablar”, no tiene sentido simplemente pedir la palabra, la cuestión es que en esos medios no podemos nombrarnos a nosotros mismos, sino que ese poder mediático distribuye cómo y cuándo hay que aparecer.

 

En esto hay un ejemplo muy notable últimamente: si han observado los programas del corazón que proliferan en las televisiones desde hace meses, si han tenido aguante para eso, se habrán fijado en algo muy curioso: aparecen aquí milagrosamente presentadores con mucha pluma participando y promoviendo cotilleos y rumores de la prensa del corazón. Son una especie de “gay florero” que anima el programa con su despliegue de colores: para eso sí existimos, si los directores del programa deciden que ”aquí usted va a soltar pluma como un descosido”,  no hay problema, el chico de turno va y hace su papel. Una vez más, mi crítica no es aquí contra la pluma, sino contra la administración que el poder hace de ella. Por ejemplo, si yo quiero ir al programa de Sánchez Dragó y hablar de un libro soltando pluma, no me dejarían, porque no, porque eso es algo serio, y los maricas sólo servimos para dar glamour en programas intrascendentes. Y lo que es más graves, en esos programas del “corazón”, por muy rosa que se llamen, de rosa gay o lesbiano no tienen nada, es decir, los famosos y famosas que llenan esa basura con sus amoríos prepagados son siempre heterosexuales. Es lo más patético de este lugar que los medios nos han destinado: “harás de bufón porque eres gay, pero encima hablarás sólo de un mundo donde los gays no existen, vas a consolidar la creencia de que el mundo es heterosexual”.

 

Esto nos lleva a otro de los tópicos o malentendidos de los medios de comunicación: si una persona muestra en esos medios que es gay o lesbiana, se le juzga como “exhibicionista” y se apela a la discreción y a la intimidad. Si un varón heterosexual habla de su mujer en ese mismo medio, se considera lo más natural del mundo. No digamos ya si lo hace en la llamada prensa rosa, donde el alarde de heterosexualidad es espectacular. Esto no es una paranoia mía; cuando en el mes de septiembre la revista Zero publicó la salida del armario del coronel Sánchez Silva, personajes como Francisco Umbral o Federico Jiménez Losantos (15 septiembre) publicaron en EL MUNDO sendas columnas donde manifestaban su molestia por la actitud del coronel; su histeria homófoba llevaba a Jiménez Losantos a lamentarse por esos gays que se dedican a  “pasar toda la vida exhibiendo una inclinación sexual”. Hablamos de una entrevista de 3 páginas, y él lo llama toda la vida. Por suerte Eduardo Mendicutti le contestó rápida y brillantemente con una columna donde, usando los mismos argumentos, daba cuenta del apabullante exhibicionismo heterosexual que se da continuamente en la sociedad.

 

Lo que subyace en esos tratamientos informativos o de opinión es bastante sencillo: ser gay o lesbiana es algo malo, algo ofensivo, algo que hay que evitar que aparezca a la luz. La prueba de que esto es así la encontramos en un nuevo fenómeno social, la salida del armario heterosexual. Este fenómeno se da cuando se dice en un medio que alguien que es homosexual, y se produce una reacción de pánico que lleva a esa persona a publicar a los cuatro vientos que es heterosexual. El caso más reciente y más excesivo fue el de Alejandro Sanz, quien, a partir de una columna donde se decía que era gay,  plantó una querella por ofensas contra la periodista. Pero lo pero de todo no fue eso, sino la sentencia, que daba la razón a Alejandro y confirmaba así la idea de que la homosexualidad es en sí mismo algo malo, puesto que es ofensivo que se presuma de alguien esa conducta. La salida del armario heterosexual de Alejandro Sanz le ha llevado incluso a presentar un videoclip en el que se acuesta con seis mujeres, por si quedaba alguna duda.

 

El caso más curioso de tratamiento informativo es el que se da con las lesbianas, sencillamente porque no existe tal tratamiento. Y como los medios configuran la realidad, la realidad para mucha gente es que las lesbianas no existen. En los medios hay un silencio muy llamativo, una omisión continua, una ausencia de las lesbianas como sujetos sociales, como creadoras, artistas, trabajadoras, productoras de discursos y formas de vida, con problemáticas propias, con reivindicaciones. Nada de su mundo o sus mundos trasciende en ningún medio, salvo en algunos mensajes de la publicidad.  Y en estos casos se trata de una construcción heterosexual o machista de la lesbiana, como una mujer de plástico para ejecutivos salidos. La mirada que hay en la publicidad con lesbianas no es una óptica lesbiana (y eso que hay infinitas ópticas lesbianas). Estos días se ve en un anuncio de Gafas Dior en los escaparates de las ópticas la siguiente imagen: dos mujeres muy sofisticadas y “femeninas” mostrando los muslos, con la piel embadurnada de aceite, agarrándose la una a la otra y mirando a la cámara con morritos de invitación sexual... para tíos heteros. Volvemos a lo mismo, los autores de la publicidad, al igual que los responsables de medios de comunicación, plantean una mirada heterosexual, y configuran un tipo de gay o de lesbiana, en definitiva, construyen socialmente eso que se llaman “la homosexualidad”.

 

Esta construcción social de una imagen estereotipada tiene también efectos sobre los propios gays y lesbianas. Ricardo Llamas ha analizado esto en un excelente libro que se llama “Miss Media”. En él plantea que el problema no es sólo la responsabilidad de los profesionales de los medios en promover la homofobia, sino el peligro de que para muchos gays o lesbianas esa imagen estereotipada es la única referencia de sí mismos. De acuerdo con eso, muchos gays pueden pensar: “como soy gay acabaré siendo un psicópata o me suicidaré, porque en todas las pelis acabamos así”, o “como soy gay me tengo que pasar el día en discotecas y viajando, porque en todos los medios dicen que ese es nuestro modo de vida”. Desde los medios se ha construido una comunidad homogénea, un estereotipo que constriñe la diversidad que puede haber en las prácticas o la vida de gays o lesbianas.

 

El problema para mí no es tener una mayor o menor presencia en los medios, sino decidir por nosotros mismos cómo y cuándo participar en ellos o producirlos. No hemos avanzado nada si es el poder mediático el que decide todo, con fines más o menos morbosos. Por ejemplo, una actitud militante y subversiva como salir del armario ha sido utilizada por Interviú como carnaza para morbo: “el cura fulanito sale del armario, veamos el calvario que ha sido su vida”. De pronto Interviú habla de un gay y se hace portavoz, pero una vez más sólo con una actitud de manipulación  y de compasión: “pasen y vean el misterioso mundo de los gays, su tragedia, su dolor”. Esta es una de las paradojas más fuertes de los gays y lesbianas respecto a los medios de comunicación: si no salimos, es un silencio excluyente que tapa nuestras reivindicaciones; si salimos es o como una especie de ratas objeto de un estudio científico, o para ver qué dice un cura de nosotros, o como un adorno exótico para programas del corazón. Entonces la cuestión no es salir o no salir, sino ver quién tiene el poder de decidirlo, y el poder de decidir las formas de aparición. No se trata de participar sea como sea, a veces se nos pide que no llamemos la atención, o que la llamemos mucho, o que montemos un espectáculo discutiendo a gritos en un programa-encerrona con un neonazi y un cura.

 

La solución a este estado de cosas pasa por varios ejes: por un lado, seguir observando los medios y denunciar sus conductas homófobas, desde los colectivos, e individualmente. Cuando hablo de colectivos me interesa decir aquí que combatir la homofobia no es sólo un problema de maricas o bolleras militantes. En 15 años de activismo social con okupas, insumisos, radios libres o con otros movimientos sociales, he observado bastante reticencia o desinterés sobre este tema. Siempre había otras causas más importantes, siempre se dejaba eso de la homofobia para lo último, cuando no desaparecía de la agenda. Yo entiendo la lucha contra la homofobia como una lucha política, articulada a otros movimientos de liberación contra la opresión, la injusticia o el fascismo, y por eso mismo todas las personas que tienen un compromiso revolucionario deberían asumir esta lucha como propia.

 

Otro eje pasa por que los gays y las lesbianas tomemos la palabra y creemos medios de comunicación alternativos, desde nuestros puntos de vista. En los últimos años han ido apareciendo numerosas revistas hechas por gays y lesbianas con un discurso propio. Podemos ver varias tendencias en estas publicaciones. Por un lado están las revistas vinculadas a los colectivos militantes, como Gay Hotsa en Euskadi, Entiendes en Madrid, Paper Gai en Valencia, etc. Otra línea distinta son aquellas revistas con un sentido mucho más comercial, que promocionan una imagen idílica del gay como consumidor nato, interesado por la moda y los cuerpos danone: Shangay, Odisea o Nois. Es bastante escandaloso que después del ataque homófobo de Alejandro Sanz la revista Shangay le conceda la portada para que promocione su último disco. La pela es la pela. Por último existen publicaciones más radicales, que cuestionan el sistema de representación de gays y lesbianas, dentro de lo que se llama en Estados Unidos movimiento queer: la revista “De un plumazo” que editaba la Radical Gay, el Planeta Marica, el NON Grata de las lesbianas del LSD, o La Kampeadora del Kolectivo de Gays y Lesbianas de Burgos, por citar algunos ejemplos. Un caso algo especial es la revista Zero, que combina la línea comercial de moda con análisis bastante críticos, o la revista MENsual, que tiene un enfoque algo más porno y de contactos y a la vez presenta también artículos de interés. Entre las revistas hechas por lesbianas tenemos Nosotras, Sorginak y Bollus Vivendi, aparte del citado Non Grata. También contamos ya con libros de análisis como “Homografías” de Ricardo Llamas y Paco Vidarte, y muchas páginas web con campañas anti-homofobia.

 

Quizá lo más interesante de la prensa gay es cómo reproduce la propia lucha de clases que se da en toda la sociedad. Los gays y las lesbianas estamos atravesados también por nuestra posición de clase, por ello cierta prensa gay se identifica con el modelo capitalista de consumo, mientras que otras publicaciones hacen una crítica radical a este sistema.

 

También me gustaría citar el caso de Ardi Beltza, que es la única publicación de ámbito no gay que dedica una sección sobre sexualidades, donde aparecen críticas a actos homófobos y reseñas de libros sobre gays y lesbianas. Supongo que por ello, de cara a los medios de comunicación mayoritarios los gays y las lesbianas pasaremos también a ser presuntos terroristas en breve.

 

 Para terminar este rápido análisis de los medios de comunicación, quiero insistir en la responsabilidad de los propios profesionales de los medios, debemos recordarles que son creadores de opinión y que deben evitar ese tipo de manipulaciones donde se promueve directa o indirectamente la homofobia.

 

Como marica también me parece importante no caer en esas identificaciones que nos ofrecen los medios de comunicación, sino ser capaces de producir nuestras propias formas de identidad y de vida, variadas, subversivas, que disuelvan esos estereotipos que nos intentan ceñir en categorías de conducta o de moda. Esa sí es una responsabilidad de los gays y de las lesbianas, y en este sentido reivindico precisamente romper con la normalidad, utilizar el lugar de exclusión que nos han atribuido como una herramienta para cuestionar el orden social. Si este orden social tan aburrido, represor, manipulador, y mentiroso me ha calificado como anormal, prefiero luchar desde este lugar excluido que implorar una integración en sus medios a cualquier precio.

 

Eskerrik asko.

 

Javier Sáez