CONFESIONES DE UNA MASCARA
“Todos dicen que la vida es un escenario. Pero la mayoría de las
personas no llegan, al parecer, a obsesionarse por esta idea, o al menos no tan
pronto como yo. Al finalizar mi infancia estaba firmemente convencido que así
era, y que debía interpretar mi papel en ese escenario sin revelar jamás mi
auténtica manera de ser. Como esa convicción iba acompañada de una tremenda
ingenuidad, de una total falta de experiencia, pese a que existía la constante
sombra de duda en mi mente que me hacía sospechar que quizá no estuviera en lo
cierto, lo indudable es que todos los hombres enfocaban la vida exactamente
como si de una interpretación teatral se tratara. Creía con optimismo que tan
pronto como la interpretación hubiera terminado bajaría el telón y el público jamás
vería al actor sin maquillaje. Mi presunción es que moriría joven era otro
factor que colaboraba a mantener esa creencia. Sin embargo, con el paso del
tiempo, ese optimismo, o, mejor dicho, ese sueño en vigilia, concluiría en una
cruel desilusión”.
Yukio Mishima “ Confesiones de
una máscara”. Capítulo III
La primera novela de Yukio Mishima,
“Confesiones de una máscara”, es su obra más dolorosamente autobiográfica y la
que, no obstante, más malentendidos y controversia ha sucitado. Ya en su título
nos encontramos con dos términos capitales en las modernas teorías sobre la
sexualidad y el género, dos vocablos que remiten a dos herramientas
epistemológicas capitales para acercarnos a la obra del escritor japonés.
El título en sí mismo es una
paradoja y una misteriosa tautología. Se autoinscribe de inmediato en el género
de la literatura confesional, “Confesiones”, para seguidamente hacernos chocar
con un término antitético un término de redefinición, performance y
resistencia, “Máscara”. La literatura confesional traspasa los límites de una
modalidad o un género literario para situarse en una modalidad escrita de
discurso de configuración, fijación y control de las identidades. Sabemos desde
Foucault que el sexo, la sexualidad moderna, no es sólo reprimida sino también
incitada a mostrarse, a hablar de sí misma, a confesarse. La modalidad de
confesión de la tradición cristiana y de la tradición psicoanalítica va a perfilar
una identidad corporeizada y sexualizada que se esablece a través de discursos
culturales y estrategias de poder.
Pero este concepto regulador,
fijador de verdades sobre el sexo se topa con el término “máscara”, un elemento
que subraya el carácter teatral, transitorio y ficticio de las verdades
confesadas. ¿Puede una mascara confesarse?. ¿Qué ocultan sus confesiones? ¿Qué oculta
la máscara? ¿Quién se confiesa, la máscara o lo que esta oculta? ¿Hay algún
rostro detrás de la máscara?.
La feminidad como mascarada ha sido
un concepto invocado por teóricas del género como Joan Riviere para referirse a
las practicas culturales y estrategias de representación que hacen del género
femenino como un todo inteligible y de apariencia coherente. Judith Butler ha
invocado a Riviere y al género como re-presentación para referirse a la “performance
de género”, a lo que naturaliza el género y el sexo mismo.
En estas estrategias de creación de
una identidad la figura de Mishima con su mestizaje de influencias y vitales
contradicciones supone un desafío de notable interés por el carácter teatral
del que el propio escritor doto a su vida y a su figura pública.
La “hipermasculinidad” y la “vigorexia”
del Mishima adulto, un samurai ¿postmoderno? y ultrareaccionario, encuentra en
esta novela la condición misma de su inverosimilitud, de su condición
performativa.
La transformación del niño sensible
y masoquista, homosexual y refinado esteta, en el guerrero del japón
tradicional, cabeza visible de un ejercito privado y nostálgico de una
inversosimil masculinidad imperial de corte homosocial, nos desvela como ambas
figuras son las dos caras de una máscara, dos creaciones y dos ambivalentes
discursos de resistencia .
La transformacion de Mishima en “caso
clínico” a través de estudios como los de el psiquiatra español Vallejo Najera
no son sólo aberraciones de las escuelas psiquiatricas más reaccionarias sino
también un pesimo ejercicio de lectura de esta obra maestra de la autoironía
que es “Confesiones de una máscara”.
Leyendo a Mishima sin ira
¿Cómo leer hoy a Yukio Mishima? La
reciente publicación y/o reedición en castellano de varias de sus novelas más
importantes ha hecho más factible el desafío de escribir sobre un autor
virulento y difícil, hermético y seductor, y ha hecho sobre todo posible
hacerlo evitando los muchos tópicos vertidos sobre su persona y su obra sin
ignorar que estos han determinado su lectura, y que muchos de estos lugares
comunes tienen su parte de verdad.
Mi fascinación por Mishima escritor
ha ido acompañada durante muchos años de una sincera repulsión por el Mishima hombre
público. No creo que sea posible resolver esta fisura ni que el propio Mishima
busque en su tormentosa trayectoria una reconciliación.
¿Cuáles son las herramientas de las
que disponemos hoy para acercarnos “de otra forma” a la figura de Yukio
Mishima?. Los estudios de género, los estudios gays o queers, los estudios
sobre la masculinidad y los estudios culturales han abierto una brecha
importante en el modo de pensar la otredad en la cultura. “El otro” ya no es
pensado como subalterno, ni siquiera como alternativo sino como una fractura en
el seno mismo de la cultura, una cultura que ya debe ser escrita en minúscula y
en plural. Nuevas subjetividades constituyen así sus pripios discursos y no
buscan ofrecer otros caminos al discurso tradicional sino que lo subvierten,
cuestionando su hegemonía.
Mi primera aproximación a Mishima
fue, como la de otros muchos, a través de su leyenda. A finales de los ochenta
se estrenó la película de Paul Schrader, su suicidio mass-mediático seguía
frsco en la memoria sociocultural y su foto seguía apareciendo en los medios de
comuninación. Se mencionaba entre líneas su homosexualidad, como una faceta
escabrosa más en una figura exótica y polémica a partes iguales. Su iconografía
narcisista respondía al estereotipo de una masculinidad bárbara y brutal lo que
contrastaba con la inversión de género que en muchos discursos tradicionales se
ha asociado a la homosexualidad. El primer libro que leí “El marino que perdió
la gracia del mar” me pareció misteriosamente poético, de un tenso y sublimado
homoerotismo y reflejaba una extraña sensibilidad que no se correspondía con su
imagen más difundida.
La lectura, casi inmediata, de “Confesiones
de una máscara” respondía a algunas de las preguntas planteadas por “El
marino...” y planteaba otras muchas interrogaciones. El autor se desnuda en un
ejercicio de autobiografía y bildungsroman nada convencional que perturba por
su franqueza sexual y su afán desmitificador. Una novela de formación que es
también la novela de un extravío, una perversión en el sentido etimológico de
la palabra. El comienzo de esta peversión esta construido a través de la
superposición de pequeños momentos de crisis espiritual que algunas imágenes e
influencias sacuden como un relampago la enfermiza sensibilidad del Mishima
niño distinto. La primera sería la desilusión del niño cuando descubre que ese
guerrero de hermosas facciones y reluciente armadura es el realidad una mujer,
Juana de Arco. El segundo momento de “inversión” surge ante la visión de un
joven pocero que trasporta desperdicios. La visión de su torso desnudo provoca
en el adolescente un momento de revelación y melancólico enamoramiento. El
tercero momento de crisis se produce ante otra imagen, una estampa de San Sebastían
en la que el pequeño Mishima descubre la conexión entre el erotismo, el dolor,
el amor y la muerte.
Toda la novela está salpicada de
momentos de revelación, desilusión y catarsis alternados con reflexiones íntimas
sobre el sentido de la propia insitencia
y el lugar de este singular artista cachorro en la sociedad y la
mentalidad convulsa de su tiempo.
El final abierto del libro es
doblemente inquietante. Las obsesiones de este joven esteta no sólo no se han
desvanecido sino que se han trasformado en un insoportable sueño de monstruos,
un siniestro baile de máscaras, una ceremonia sangrienta.
Eduardo Nabal