El fin del mundo en 35 milímetros:
Opciones de cartelera para después del
Apocalipsis.
Creo
que no hay mejor tema para hablar de películas: la relación del cine y de la cultura, con el final absoluto,
con el fin del mundo. Incluso llevo una larga temporada medio obsesionado con
este tema. ¿Qué pasaría con toda la producción cultural en un hipotético final,
tras un supuesto apocalipsis? ¿Habría supervivientes? ¿Y cómo leerían esos
supervivientes toda nuestra producción narrativa? ¿Para qué les serviría? ¿Cómo
lo interpretarían? Durante este verano, hemos visto cómo, dentro de setecientos
años y en un planeta Tierra devastado y vacío, Wall-e, el robot de la Pixar,
baila las coreografías que Michael Kidd y Gene Kelly montaron para el no
sabemos si nefasto o impagable Hello, Dolly! (1969) del propio Gene
Kelly, algo que supone para el robot el mejor momento del día en ese desolado
mundo posterior a la destrucción. La fuerza que empuja a Wall-e a intentar
reconstruir el planeta son precisamente esas imágenes de Hello, Dolly!
(de las que ha sido convenientemente extirpada Barbra Streisand, quizás para
que la motivación del robocito por recuperar a la humanidad perdida sea
creíble).
La
relación del cine con el final absoluto parece casi siempre esperanzadora. Tiene
la pretensión de iluminar, devolver la fe en las emociones, animar, dar fuerza,
recordar lo mejor de nuestra humanidad. Porque el cine hace mucho tiempo que es
puro buen rollo: a fuerza de tantos finales felices se ha convertido en un arte
diríamos que kármicamente equilibrado. Incluso el propio gobierno
norteamericano tiene un plan cinematográfico en el caso de que se produzca una
catástrofe nuclear de consecuencias nefastas. Las minuciosas directivas del
Pentágono indican que se emita repetidamente para la población superviviente
una película que en estos momentos ha vendido bastantes más entradas que Titanic
o El Señor de los Anillos, aunque no figure en la desajustada lista de
éxitos de imdb.com: la buenrollista y animosa Sonrisas y Lágrimas (The
Sound of Music, 1965) de Robert Wise.
A mí
me encanta Sonrisas y Lágrimas, la he visto más veces que Ciudadano Kane, y es la primera
película que se pone en cada reproductor que compro (quizás necesito su
buenrollismo: todos somos un poco supervivientes del día a día), sin embargo a
la población post-apocalíptica lo que yo les emitiría más de una vez sería Weekend
de Jean-Luc Godard, o algo todavía más salvaje si es que lo hay, para que al
menos se animaran y acabaran con el Pentágono. Y para que de paso, reiniciaran,
resetearan, la cultura responsable de ese final. Recordemos que Weekend
se subtitula “Una película encontrada en el desguace”... Y no me cabe
duda de que si Wall-e hubiera encontrado Weekend en su desguace
planetario, se lo habría pensado mejor a la hora de traer a la humanidad de
vuelta.
Porque
quizás lo interesante no es saber qué tiene el cine para salvarnos del fin del
mundo, o para representar ese fin, o para que nos volvamos jubilosamente
emprendedores tras el apocalipsis posible, lo interesante es saber cómo el cine
y la cultura provocan ese final. Hasta qué punto la cultura es un arma de
destrucción responsable del fin. Hasta
qué punto llevan dentro el horror.
No
hay que irse muy lejos para entenderlo. Ya hemos vivido varias veces el fin del
mundo. La última vez en los años cuarenta ¿Qué ayudo más y mejor a levantar
Auschwitz? ¿Los decretos de Hitler? ¿La burocracia generada en los despachos y
las covachuelas del Reichstag? ¿O una cultura, una literatura, un cine, unos
medios, que fueron conformando una población llena de optimismo y buenrollismo
ario, delirantemente entusiasmada con la solución final? Porque más que en la
legislación y las decisiones gubernamentales, el holocausto se prepara en El
judío Süss (Jud Süß, 1940) de Veit Harlan, y en el resto de las
ficciones que inundan los cines alemanes de propaganda nazi antisemita, o en
las divulgadas obras documentales de la hoy valoradísima Leni Riefenstahl, o
incluso en las primeras obras de Fritz Lang y su adorada esposa nazi, Thea Von
Harbou, que gozaron del favor del público y de numerosa intelectualidad de la
época. Era un cine que, al igual que el cine del director Hans Backovic
(personaje clave del mediometraje de Carpenter que nos ocupa hoy) “no quería
hacer daño al público; quería destruirlo por completo”.
El
fin del mundo en 35 milímetros (John Carpenter's Cigarette Burns,
2005) de John Carpenter, es la aportación del director neoyorquino a la serie
de televisión Masters of Horror, con un magnífico e intenso guión de
los debutantes Drew Mcweeny y Scott Swan, que Carpenter filma quizás porque
lleva toda una década fascinado por lo mismo, por la capacidad de la cultura
para generar horror: En la boca del miedo (In the Mouth of Madness,
1995) trataba de lo mismo: del libro cuya lectura lleva a la locura y a la
destrucción final. Esta vez es cine dentro del cine. Diez años después de In
the Mouth of Madness, el mediometraje de Carpenter empieza con la imagen de
un proyector en funcionamiento y esta frase en off: “Una película es mágica. Y
en unas buenas manos, un arma.”
En El
fin del mundo en 35 mms, un joven exhibidor de cine de terror, recién
desintoxicado y en pleno duelo por su novia muerta, recibe un encargo de un
millonario perverso (el irónicamente gótico Udo Kier): buscar una copia de la
maldita Le Fin Absolue du Monde, un filme del misterioso Hans Backovic
que sólo tuvo una proyección pública, durante la noche de apertura del festival
de Sitges, probablemente en 1974, y que
el gobierno destruyo después de la poyección.
El
fin absoluto del mundo, la película que buscan los personajes del filme de
Carpenter, tiene la capacidad demoníaca de desatar el horror “fuera” de la
pantalla. En Sitges, en el 74, la violencia llegó a estallar en la sala durante
la apertura del festival. “Vi morir a cuatro personas. Todo aquello olía
como un matadero. El pasillo central estaba pegajoso de sangre...”, dice un
crítico que pierde la razón después de verla.
El gobierno español destruyó el filme sin saber que era una copia de
trabajo, pero al parecer existe otra copia más. A medida que el joven exhibidor
avance en su investigación y se acerque a la película perdida, cada vez que
“pasa algo” y dé un paso adelante en la búsqueda, verá la famosa “marca de
cigarrillo”: el círculo que se hace en la parte superior izquierda del
fotograma para avisar al proyeccionista de que el rollo está a punto de acabar.
Y la primera marca aparece justo cuando oye a Backovic decir en una entrevista:
“El cine no es entretenimiento”
Y no
lo es... El cine tiene esa capacidad para guardar y generar el horror
precisamente porque no es entretenimiento. Ese componente de acceso a un
interior oscuro (el de la sala y el del espectador), esa innegable capacidad de
desvelamiento, lo convierte a veces en una forma de psicoanálisis enlatado y
portátil que puede cambiar a quien lo ve y sobre todo a quien lo hace. Ése es
uno de los temas recurrentes del mediometraje de Carpenter: las películas que
te cambian. Y la parábola o la metáfora que desarrollan Carpenter y sus
guionistas es brutal: la sangre derramada de Dios... “¿Qué pasaría si
tuvieras el aura de un ángel, un ser divino por el que corriera la sangre de
Dios, y llegaras a sacrificarlo ante las cámaras? Algo tan profundo tan
personal cambia a todos los que han participado en la película y a los que la
ven”, dice uno de los personajes más siniestros del filme. Decodificando la
metáfora, está claro que es la sangre del creador y la de espectador la que se
derrama, la que se analiza, la que se desvela, tanto en el proceso de crear
como en el de visionar: el cine abre el acceso a los territorios oscuros, y lo
abre para todos los públicos. Eso lo sabemos desde mucho antes de Freud, pero
lo interesante de El fin del mundo en 35 milímetros, y desgraciadamente
también de obras como El judío Süss, es que muestra que ese proceso
también puede llevarse a cabo socialmente, y que no es sólo individual o
personal. Y desde luego está claro que, tanto el público de ficción que asiste
a la proyección de la maldita Le Fin Absolue du Monde como el público
real que en 1940 acude en masa a ver El judío Süss, no estaban
preparados para llevar a cabo ese psicoanálisis en lata, para recibir, en
palabras del crítico loco, esa “bala dirigida al cerebro colectivo que
acumula el dolor”.
¿Cuáles
son ahora mismo las películas del fin del mundo, los filmes capaces de crear,
de conformar el final absoluto? ¿Cuál es El Judío Süss de nuestras
carteleras?
Es
una pregunta obligatoria.
Y más
aún... ¿Qué necesitarían ver después los escasos supervivientes?
Debe
de haber un cine necesario tras la catástrofe, un cine que realmente les haga
falta a los pocos que sobrevivan. El fin del mundo en 35 milímetros y Weekend
de Godard serían dos de las películas que programaría en esa cartelera, por lo
que tienen de reflexión sobre unos usos culturales que no sólo han desvelado el
horror, sino que incluso lo han creado y conformado. Pero ya digo que hay más.
Algo parecido a un cine de la esperanza, un psicoanálisis portátil que esté más
cerca de Eros que de Thanatos, un cine que supere la pulsión de muerte sin
negarla, que explique lo que el cine es capaz de hacer, que lo reinicie, o que
nos reinicie a nosotros. Por ejemplo, si yo sobreviviera a un final del mundo
querría volver a ver, sobre todas las demás películas, Los Viajes de
Sullivan (Sullivan's Travels, 1941) de Preston Sturges, fecha también de
otro final del mundo. Querría ver la escena en la que el millonario director,
que quiere hacer películas reales y densas, está en el cine de la cárcel,
rodeado de presos sin esperanza que de pronto empiezan a reír a carcajadas en
medio de la peor situación posible, de manera que el sesudo director, también
encarcelado como ellos, entiende de golpe, allí frente a la pantalla, entre
gente devastada que de pronto se está riendo, la absoluta necesidad de la
comedia: ésa es la escena sobre cine más animosa de toda la Historia del Cine.
Al final el paranoico Pentágono tenía
algo de razón. En este pleno fin del mundo de la crisis económica, mi recién
estrenado i-phone se abre por primera vez con la loca de Julie Andrews dando
vueltas entre los Alpes austriacos mientras grita, en el doblaje castellano de
mi infancia, “El dulce cantar que susurra el monte inunda mi ser de alegre
latir.” Y sé que si fuera el
post-apocalíptico Wall-e de la Pixar, no sabría muy bien si traer de nuevo al
planeta a la nociva humanidad, pero desde luego haría todo lo que estuviera en
mi mano para que regresara Billy Wilder.
Marcelo Soto